Sin ciencia no hay política que valga

La Política, pensaba Aristóteles, debía servir para garantizar el bien de la ciudad-Estado, es decir, de la sociedad humana. Y de ahí vendría su aura de actividad noble, ya que su objetivo sería el más noble de todos.

Parque Nacional Podocarpus, Ecuador. Autor Jorge Lozano

Si surgen problemas, o se sospecha que puedan aparecer, la Política y los políticos debían resolverlos, o impedir que apareciesen, precisamente por el bien de todos. A pesar del largo transcurrir de los siglos, y de las barbaridades cometidas por toda clase de políticos, algunos seguimos pensando que el objetivo principal de la Política y los políticos debe ser, en el siglo XXI, básicamente el mismo que nos enseñaron los maestros de la antigua Grecia.

El objetivo de la política debe ser básicamente el que nos enseñaron en la antigua Grecia Clic para tuitear

Debería resultar obvio (pero a la vista está que no lo es) que, para que la Política sea capaz de trabajar por el bien común, y de resolver eficazmente los problemas que aquejan a la Humanidad, tiene que apoyarse en el conocimiento objetivo del mundo. Y este conocimiento objetivo es el que aporta la Ciencia. La Política deberá también servirse de otros apoyos, como la Ética, pero está claro que sin el conocimiento preciso de cómo son las cosas, qué está ocurriendo de verdad, y cómo solucionar eficazmente un problema concreto, será imposible que la Política cumpla con su máximo objetivo.

La política debe basarse en la Ciencia y en la Ética Clic para tuitear

Parque Nacional Hluhluwe–Imfolozi, Sudáfrica. Autor Jorge Lozano

Por el contrario, una política mal guiada por la ignorancia, los prejuicios ideológicos, o por creencias infundadas, en vez de resolver problemas puede generar nuevos entuertos y agravar los ya existentes. Ningún médico es capaz de curar a nadie si no conoce la enfermedad, errando en el diagnóstico y aplicando como consecuencia un tratamiento inapropiado, que en el peor de los casos puede llegar a matar al paciente. El conocimiento objetivo, que surge de la evidencia científica contrastada, a diferencia de las simples creencias o ideologías, es vital y por tanto imprescindible para cualquier propuesta política que pretenda resolver un problema para el bien de la sociedad.

A escala social el desastre de la política mal informada puede ser mayúsculo: por poner un ejemplo exótico pero muy representativo, el desconocimiento objetivo del mundo que tenía el emperador Moctezuma (ignorando la existencia de tierras y pueblos al otro lado del océano), mezclado con una cosmovisión mística y religiosa muy particular, le impidió tomar las medidas adecuadas y contundentes que hubieran sido necesarias para detener a los barbudos y codiciosos españoles que aparecieron sorpresivamente en sus tierras; el resultado bien conocido fue la destrucción de su persona, de su sociedad y su cultura (es decir, el fracaso político total, desde el punto de vista de garantizar el bien común para su pueblo). Un mejor conocimiento geográfico (o sea, científico) del mundo, y una menor cantidad de creencias místicas irracionales, habría preparado mejor al líder azteca para su encuentro con Hernán Cortés (pues no hubiera pensado, absurdamente, que el extremeño podía ser el dios Quetzalcóatl que regresaba de los cielos), y hubiera podido responder de forma más adecuada y eficaz al peligro, muy humano, que se le echaba encima. Con más Ciencia, y menos creencia, Moctezuma y otros líderes políticos podrían haber proporcionado un servicio mejor a las sociedades a las que se debían.

León Marino en la isla San Cristóbal, Galápagos. Autor Jorge Lozano

Con todo, la coyuntura histórica y cultural del momento hizo difícil que el pobre Moctezuma pudiera salir del pozo de desconocimiento en el que estaba atrapado. Menos disculpa tienen los políticos que, en los siglos XX y XXI, en pleno desarrollo de la era digital (y globalizada) de la información y el conocimiento, llevan a sus sociedades al desastre. Un caso paradigmático, en el que la Ciencia fue deliberadamente ignorada, fue el de la nefasta política de salud llevada a cabo por el presidente Thabo Mbeki en Sudáfrica de 1999 a 2008: negando que el sida lo produjese el virus del VIH (y acusando a las farmacéuticas poco menos que de inventárselo), puso de ministra a una creyente de las medicinas “naturales”, y llegó a prohibir el uso de antirretrovirales a sus ciudadanos, proponiendo en su lugar el consumo de verduras frescas y vitaminas para curarse. El lamentable resultado, contrario a los objetivos de la Política (el bien común), fueron tasas galopantes de infección entre los sudafricanos durante años y una cantidad ingente de muertes que, ciertamente, podrían haberse evitado.

La política sanitaria de Sudáfrica en los años 1999 a 2008 mató a muchas personas Clic para tuitear

Pero esto es lo que consiguen los políticos cuando sustituyen a la evidencia científica por creencias sin fundamento. O por meros intereses económicos cortos de miras: hasta ahora los gobiernos no han actuado como debieran ante las constantes advertencias de los científicos sobre el cambio climático y otros problemas ambientales graves, a pesar de la amenaza real que suponen para toda la especie humana. Y no parece que Donald Trump, un empresario y gobernante que desconfía de la Ciencia, vaya a facilitar la tarea precisamente.

El método científico es el instrumento más poderoso, objetivo y preciso que posee el ser humano para conocer la realidad empírica en la que vivimos, y no hay otro que sea mejor. No hay sustituto posible. Ese cuerpo de conocimiento objetivo, preciso y universal que surge del Método es la Ciencia (que no hay que confundir con la Industria, y menos aún con determinadas empresas y sus intereses). Ignorar a la Ciencia en los partidos políticos significa ignorar el Conocimiento (como si este no fuera útil para nada), hacer propuestas en el vacío, fallar en el diagnóstico de los problemas, y equivocarse en las posibles soluciones, pues de la ignorancia o de las meras creencias (más aún si estas son contrarias a la evidencia científica) sólo puede esperarse el fracaso, tal y como la Historia ha demostrado ya miles de veces.

El método científico es el mejor instrumento que poseemos para conocer la realidad Clic para tuitear

Bosque del norte de Finlandia. Autor Jorge Lozano

Decía el famoso filósofo Peter Singer, en su libro “Una izquierda darwiniana”, que de alguna manera la izquierda política debería renovar su discurso, aprendiendo en particular del darwinismo científico. Es cierto que, en general, todas las ideologías políticas se basan en una determinada concepción de la naturaleza humana, y otra razón más para considerar la Ciencia en Política es que la biología ya ha demostrado que muchos principios o supuestos fundadores de las viejas ideologías (elaboradas filosóficamente en siglos pasados) en realidad son falsos. Por ejemplo, ni los individuos somos seres fundamentalmente egoístas que sólo pensamos en nuestro beneficio particular a corto plazo, como predica el liberalismo económico, ni somos tan moldeables que de una estructura social determinada saldría automáticamente el Hombre Nuevo, como pensaban ingenuamente muchos izquierdistas. Conviene, pues, revisar y actualizar el ideario político a la luz del nuevo conocimiento científico, porque ninguna ideología será acertada ni útil para la sociedad si parte de ideas erróneas.

La meta de la Política es (o debiera ser) el Bien Común. Para llegar a la meta, para alcanzar el éxito político, hay que subir por los peldaños que llevan hasta lo alto del podio. Pero esos peldaños deben ser sólidos, firmes, deben ser resistentes y capaces de impulsarnos al siguiente cuando pisamos sobre ellos. No pueden ser peldaños imaginarios, inventados, débiles, no pueden dejarnos caer si los pisamos para intentar progresar, alejándonos así de la meta. Pues bien: los peldaños firmes y sólidos que llevan a la meta política están hechos de Ciencia, y sin este componente no hay forma de subir al podio. Sin el conocimiento objetivo de las cosas y del mundo en que vivimos no hay éxito posible, y por tanto la Política no podrá alcanzar su noble objetivo del Bien Común. Porque efectivamente, sin Ciencia no hay Política que valga.

Jorge Lozano

Jorge Lozano es Doctor en Biología y experto en Ecología Animal, Biodiversidad y Conservación de la Naturaleza. Ha sido consultor en Medio ambiente y profesor universitario de Zoología, Ecología y Biología de la Conservación. Fue durante varios años Coordinador del Grupo de Sostenibilidad de EQUO Madrid, y formó parte de la segunda y tercera Mesa de EQUO Madrid, que tuvo que abandonar al aceptar un puesto de investigador en Ecuador. Actualmente investiga la relación humanos-carnívoros en la Universidad Leuphana de Lüneburg, Alemania.

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3 thoughts on “Sin ciencia no hay política que valga


  1. Me gusta, me parece tan evidente y tan desconocido que me sorprende.


  2. No puedo estar más de acuerdo (bueno, si podría… aunque estoy MUY de acuerdo :), lo triste es que la realidad vaya por otros rumbos… y mucha envidia por las fotos de las Galápagos, je


  3. Una pequeña puntualización o desarrollo de lo expuesto. Estando de acuerdo que el binomio ética ciencia debe de ir unido en el político, y arrancando como haces de la Grecia Clásica, creo que falta otro puntal que es la democracia, en el sentido, cogiendo el ejemplo griego, de que en muchas polis griegas todos los ciudadanos eran políticos, vamos la denostada democracia directa.
    Lo que quiero introducir es que en democracia la mayoría de un estado puede tomar decisiones erróneas y ser totalmente legitimas, siempre y cuando se les consulte claro.
    Cuando un político quiere desarrollar una política por supuesto que tiene que estar fundada en la ciencia para que sea efectiva, por supuesto que tiene que ser basada en la ética ( y no confundir con moral, me rechina la cabeza cada vez que alguien equipara moral y ética ) pero todo eso debe de ir apoyado por la sociedad, darle verdadera legitimidad.
    Y aquí se plantean muchos dilemas que no solemos pensar en los sistemas horizontales de gobierno y las tomas de decisiones. Todo esto pensando en un bonito mundo imaginario donde una persona se represente a sí misma en todas las ocasiones que alguien trate de hacer política afectándole directamente. (Soy muy libertario….).

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