Ecofeminismo y conflicto

La gestión del conflicto desde el ecofeminismo.

Existe una idea aceptada por la mayor parte de la gente dentro de la política, según la cual en la izquierda tendemos a la desunión, y los conflictos internos son uno de nuestros mayores lastres, sino la razón principal de que no consigamos en las urnas el apoyo mayoritario que cabría esperar para una fuerza que defiende el interés colectivo.

MAnzano en Lena. Autora Eva del Fresno

Esta es una cuestión que periódicamente se recuerda de manera pública, cuando alguien escribe sobre ella en los medios afines o la menciona en algún acto o alguna reunión interna, y quién más contribuye a difundirla son las propias afiliadas. Se trata de una crítica que viene desde dentro. Suele hacerse con la intención de compartir la preocupación que se deriva de ella, y proponer alguna forma de solución, o realizar algún tipo de análisis.

La cuestión no es tanto si la crítica es o no cierta, en el sentido de que se nos compara con las fuerzas conservadoras y parece que salimos perdiendo porque ellas están más unidas. Hay que tener precaución para evitar confundir la cohesión y la estabilidad con la alienación y la imposición de un pensamiento único. Y hay que tener en cuenta además que cuando esas fuerzas jerárquicas juegan con unas normas más democráticas su grado de conflictividad interna aumenta. Un ejemplo han sido las primarias del PP y las anécdotas bochornosas que nos ha dejado la lucha entre candidaturas, y eso que se sabían escrutados en todo momento por la atención mediática.

Los conflictos hacen que mucha gente se vaya de la política Clic para tuitear

Lo que sí constituye una certeza es que dentro de la nueva política la mayor parte de la gente identifica el problema de los enfrentamientos internos como una preocupación y una amenaza real; no sólo para la supervivencia de los partidos sino a nivel personal para su propia participación política. Detrás de muchas renuncias a la política, y de muchas bajas en la afiliación, lo que hay es el malestar
generado por un entorno donde las relaciones personales se degradan.

Contrasta,esta preocupación, y la aceptación generalizada de que el problema se está dando, con la ausencia de estudios planificados que traten de abordarlo desde los partidos. Hay muchas voces que se están quejando a nivel individual, pero falta todavía una respuesta colectiva, quizás porque aún no ha calado con suficiente fuerza la conciencia de que se trata de una necesidad interna, a la que debemos hacer frente, para poder seguir avanzando. Quizá porque existe también la percepción de que siempre ha sido así y por lo tanto puede seguir siéndolo: “hemos llegado hasta aquí pese a todos los conflictos, por lo tanto, son inevitables, pero no son tan graves; la afiliación tiene que ser capaz de asumirlos y encajarlos”. Quizá también otra dificultad sea la falta de tiempo y de recursos como para priorizar esta cuestión, que, aunque se reconozca como importante no se considera urgente por lo que se pospone de manera indefinida. Otra posible razón es que la solución debe partir desde dentro, y quienes estamos dentro de la política somos parte del problema. Los conflictos tienden a ir ganando “masa crítica” y a implicar cada vez a un mayor número de personas de modo que no dejan a nadie al margen. Si unimos eso con que la inmensa mayoría de la gente al iniciar su militancia tiene la expectativa de establecer unas relaciones sanas y coherentes, el resultado es que el grueso de los partidos se siente impotente y frustrado como para iniciar la búsqueda de una solución.

Los conflictos van ganando masa crítica y no dejan a nadie fuera Clic para tuitear

Podríamos decir que los conflictos – entendidos como espacios de enfrentamiento
que dejan de regirse por las normas éticas – prácticamente nadie los quiere, pero acaban implicando a prácticamente todo el mundo. Y esto se relaciona, más que con una expresión de hipocresía, con una muestra de la falta de herramientas colectivas para gestionarlos.

Al no contar con estudios sobre los conflictos dentro de los partidos horizontales, todo lo que se diga son aproximaciones. Pero siendo una experiencia tan común, podemos basarnos en la observación y en las vivencias cotidianas para sacar conclusiones en las que la mayoría se vea reflejada.

Diagnóstico

Para empezar, habría que definir el conflicto tal y como se entiende de manera coloquial: como una experiencia negativa distinta de las discusiones o los disensos que encajan dentro de un contexto ético. El conflicto se diferencia porque conduce a que las relaciones se degraden, y no se ajusta a la ética ni a los valores sociales. Esto para una organización horizontal y de izquierdas significa, o la disolución, o la inmovilidad y la incapacidad de seguir creciendo. Cuando aparecen los conflictos una organización toca techo. También puede pasar que se produzca una escisión, pero en todo caso lo que ocurra siempre supone un retroceso respecto a lo que se podría haber logrado sin ese lastre.

Hay algunas consecuencias del conflicto que son evidentes y resulta fácil relacionarlas con el daño que hacen dentro de las organizaciones. Por ejemplo: restan capacidad de trabajo para los objetivos comunes, suponen un desgaste extra, hacen que la gente se queme y que se pierdan recursos humanos. Pero igual que pasa en los icebergs las consecuencias menos visibles de los conflictos son las que tienen mayor peso. Estas consecuencias no se ven porque ocurren dentro de las personas, y son tan graves que pueden hacer que un proyecto sólido se hunda.

Los conflictos restan capacidad de trabajo para luchar por los objetivos comunes Clic para tuitear

Necesitamos visibilizar estas consecuencias en las personas para tener una perspectiva más completa y evaluar mejor si podemos convivir con las dinámicas de conflicto o es urgente encontrar fórmulas para gestionarlos y evitar que se reproduzcan.

Si admitimos que la gente se inicia en la política con ilusión y para defender los valores sociales, y luego vemos que la mayor parte de la gente se implica en los conflictos internos en los que no se respetan esos mismos valores, la primera consecuencia es la frustración. Los conflictos siguen una dinámica propia, en espiral, y a partir de cierto punto acaban absorbiendo a cualquiera que mantenga actividad. La frustración tiene distintos grados, y uno de los más altos es no ser capaz de mantener un comportamiento que a priori consideramos deseable y digno. Contrariamente a lo que podría parecer, las bajas de las personas que abandonan una organización por los conflictos internos se deben más a que estos conflictos sacan lo peor de ellas mismas que a que sean personas vulnerables o demasiado sensibles. En el contexto político el peor aspecto de la lucha interna muchas veces no es lo que te hacen si no lo que tú haces, porque esto último genera el cuestionamiento de las propias creencias.

El conflicto hace que nos comportemos de forma indigna Clic para tuitear

También genera ese cuestionamiento la pérdida de confianza en el resto de las personas que integran el proyecto. Nuevamente no se trata tanto del resentimiento por el daño que se pueda haber sufrido como del desprecio por quienes no tienen un comportamiento noble. La admiración por quienes defienden cierto tipo de ideas suele ser uno de los motivos para empezar a participar políticamente y la decepción por esta causa suele ser muy profunda.

Puerto Ventana, Asturias. Fotografía Eva del Fresno

Otro problema añadido es que la existencia de conflicto impide que prospere otro tipo de confrontación necesaria y constructiva. Las diferencias de opción, las discusiones, o directamente las quejas no son de por sí una amenaza ni algo negativo para la organización. Evitar el conflicto no significa reprimir el descontento ni consiste en afirmar sistemáticamente que todo va bien si no es cierto.

Pero es imposible que ambas formas de disenso convivan. El conflicto no deja espacio para nada más, porque genera un entorno de crispación en el que ninguna crítica se percibe como legítima ni neutral.

No todas las personas que sufren un conflicto abandonan la organización a la que pertenecen, pero eso no significa que la desafección no se produzca. A veces la política pasa a ser solo un instrumento para perseguir fines egoístas debido al desengaño, (aunque esto en ningún caso constituye una justificación) y otras veces la manera de sobreponerse es a costa de demonizar a los oponentes. Esto último,
aunque injusto, por lo menos evita una decepción más profunda pero sólo de manera temporal.

Al final los conflictos tienen a reproducirse y a ser cíclicos. Y se van llevando por delante la ideología, la esperanza, y el entusiasmo.

Buscando soluciones

Para saber si son situaciones evitables habría que establecer la causa de que sean tan comunes. De hecho, podemos encontrar más escritos que hablan sobre las causas de la conflictividad que los dedicados a proponer algún método de resolución. Hasta que no exista un consenso sobre la raíz del problema es difícil pensar en cómo atajarlo o incluso si es realista planteárselo. Por ejemplo, un libro muy reciente (y criticado), es “La trampa de la diversidad” de Daniel Bernabé. En él se argumenta la teoría de que la desunión actual dentro de la izquierda se debe a que está fragmentada en distintos grupos de interés que compiten entre sí condicionados por el individualismo neoliberal. Menciona por ejemplo las críticas del veganismo a la izquierda omnívora. Otro texto muy completo es el publicado en varias entregas por Ignacio Sánchez Cuenca en CTXT titulados “La superioridad de la izquierda” En él se explica la conflictividad como un exceso de idealismo de la izquierda que lleva a la intransigencia frente a cualquier imperfección, incluso sin reparar en la relación coste/beneficio entre el daño causado por el conflicto y el problema original.

También empieza a hacer mella en la nueva política la idea de que las estructuras horizontales tienden a ser más inestables y que es necesario repensar los planteamientos de la democracia radical. Esto último sabe mucho a retirada y a también al estrés y al sufrimiento que generan las guerras internas, y que consigue que mucha gente esté dispuesta a ceder autonomía a cambio de un entorno menos amenazante.

Hay personas dispuestas a ceder autonomía a cambio de un entorno menos amenazante Clic para tuitear

Desde la teoría ecofeminista se puede hacer una propuesta para mejorar la vida interna de los partidos y su cohesión. Pero la primera condición debe ser realizar estudios de campo dentro de la nueva política para tener un conocimiento objetivo y evitar en lo posible las explicaciones sesgadas y condicionadas por las propias experiencias, la formación, o los intereses de quien las formule.

El ecofeminismo establece una relación entre todas las formas de violencia ya que todas están sostenidas por una misma lógica de la dominación. En esta lógica se socializan, a través de los roles de género, las personas que luego van a recrear el mundo a su imagen. Todos los sistemas de la sociedad, incluida nuestra forma de relación con el medio ambiente y las otras especies, guardan relación con el sistema primario en el que nos formamos como personas, que es el sistema de género.

Brotes de cerezo. Fotografía Eva del Fresno

Es decir, en relación con lo que nos interesa, el mundo funciona de manera coherente y todas las partes tienen a regirse por la misma dinámica. El funcionamiento de un grupo ya sea grande o pequeño va a tender a reproducir esta dinámica. (Aunque no quiera). Y la manera en que esto pasa es porque todas y todos nos hemos socializado en las relaciones de poder y son las que reproducimos inconscientemente. Las personas críticas somos las que estamos dispuestas a introducir cambios, pero eso no significa que estemos preparadas en la práctica para subvertir nuestra educación. Para deconstruir el mundo y cambiar su inercia hay que desprender antes nuestro propio funcionamiento.

Concretamente en los espacios de la nueva política hay una contradicción porque
reúnen características que favorecen especialmente que se reproduzcan las luchas de poder: son un entorno novedoso, más libre que otros, al que no nos une una dependencia económica ni afectiva, las conversaciones suelen ser online (con lo que la comunicación pierde eficacia), y el trabajo es estresante. Basta con que surjan pequeñas fricciones para que la hostilidad se extienda con bastante rapidez.

La solución pasaría por asumir la explicación más simple que suele ser la correcta: no estamos socializadas para trabajar en entornos igualitarios basados en el autocontrol y el cuidado mutuo. De hecho, la socialización normativa masculina es contraria a estos espacios, y la socialización femenina normativa resulta insuficiente.

Afrontar el problema

No pasa nada porque nos encontremos con esta limitación, en realidad es bastante lógico que choquemos con ella. Pero lo que no podemos permitir es que desencadene una secuencia de problemas a cuál mayor hasta conseguir limitar los proyectos de renovación de la izquierda. Si en vez de ignorarla le hacemos frente podemos superarla mediante un nuevo aprendizaje de pautas útiles para la convivencia y el trabajo político inclusivo y participativo. El desarrollo de estas pautas debe ser específico para nuestras organizaciones, basarse en investigaciones previas, realizarse de forma colaborativa, y estar abierto a una revisión permanente para nutrirse de la experiencia y completarse a largo plazo.

No se trata de descubrir nada nuevo porque estos valores: el compañerismo, la solidaridad, el respeto, la empatía, la confianza, la humildad, la sinceridad y la generosidad, siempre han estado presentes y han servido como referencia al funcionamiento de otros grupos. Lo novedoso en nuestros espacios es que implican la emancipación de figuras de control externo capaces de ejercer supervisión y sanción. Que no se estructuran en contra de nadie sino en defensa del bienestar colectivo.

Y, sobre todo, en relación con otros grupos horizontales, la posibilidad real de influencia que tenemos hoy para definitivamente cambiar el curso de nuestras sociedades, que históricamente se han dirigido hacia la crisis ecológica y humanitaria global. Pero para,tener opción de cambiar el mundo tenemos que cambiar a la vez como personas, es una condición sine qua non​.

Sin embargo, la buena noticia es que es el único condicionante que depende únicamente de nuestras propias fuerzas.

Eva del Fresno

Eva del Fresno, autora de varios artículos en este blog es feminista y afiliada de Alternativa Verde por Asturies – EQUO. Actualmente es miembro del comité federal de EQUO.

 

 

Otros artículos de la autora:

El cainismo de la izquierda

Entre el feminismo y el conflicto

 

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