No me gustaba lo que veía y dejé de ver (I)

Enrique Fernández
Enrique Fernández

Cuando era muy pequeño descubrí que no me gustaba el mundo en el que vivía, lleno de personas autoritarias que sólo te reprendían, incluso pegaban «por tu bien». Por si fuera poco que te juzgasen permanentemente, te condenasen al infierno por cualquier nimiedad (como utilizar herramientas con la mano izquierda), te asustasen con males terribles si hacías cosas que veías hacer de continuo a los adultos (como beber vino, se te ponía el ombligo azul, o fumar: no crecías…), había un montón de gente rara, curas y monjas, y un dios omnipresente que lo sabían todo y te condenaban por pecados nimios o mortales a las penas del infierno. No había lugar para la alegría y el cariño, que eran síntomas de debilidad y desviación. No podías jugar con las niñas, con tu prima, te señalaban con el dedo y te decían que había que ser hombre y jugar como tal.

Estaba bien pegar a los niños, en aquel mundo de cabezas de familia donde las mujeres no estudiaban ni tenían cuenta en el banco. Lo descubrí con cuatro años un día que se me fue la hora de vuelta a casa jugando a los espadachines con palos a modo de espadas. Mi padre volvió de trabajar, cansado de cargar a mano arena en camiones y carros para obras. No había televisor de aquella en ninguna casa particular del pueblo; sí había radio, donde escuché la llegada del «hombre» a la Luna. La radio nunca ha dejado de acompañarme desde que nací. Pues el padre cansado y enfadado fue a buscar a su hijo menor por los alrededores de la casa vieja, con balcones y galería donde vivíamos sin bañera, porque para eso estaban los barreños y palanganas. Los cristales estaban sujetos con junquillos de madera clavados con puntas muy finas y sellados con masilla. Aprendías cómo se cambiaba un cristal viendo a tu padre en acción si se rompía uno: ir con la medida al comercio, volver con el cristal que te lo cortaban sobre la marcha de una plancha enorme, un paquetito de masilla fresca, desclavar, poner, clavar de nuevo y rejuntar con masilla, esperando a que se endureciese.

Tras buscar en la Plazoleta, donde yo no estaba ese día, una placita con el cartel de azulejo roto a martillazos para evitar su lectura, yo ignoraba por qué; pasó luego calle Mayor en dirección al Mercáu y allí, bajo las almenas del Conde, en el patio del colegio Alejandro Casona con su gran y solitaria bandera de España estaba yo batiéndome en duelo con Pepín el del Blanco. El colegio lo conocíamos por fuera. Me llamó desde las almenas, subí sin sospechar nada, no tenía reloj ni sabía leer la hora, ni tenía conciencia de que pasaban dos horas del momento en que se comía (en los pueblos se come a la una). Subí contento de ver a mi padre, ausente siempre por motivos de trabajo. Me quitó la espada, hecha con un larguero cuadrado y sólido, obtenido del bastidor de una bobina de paño de la tienda de Olalde y me dio un garrotazo que dejó marca y sangre desde la parte posterior de la rodilla hasta más arriba de la nalga: era verano y vestíamos de riguroso pantalón corto. En aquel momento, me confesaría años después, mi padre comprendió que no se podía pegar a los niños, ni a nadie, y nunca jamás volvió a hacerlo. Pero un estacazo de calibre en plaza pública era visto como normal y bueno para la educación. Lo que más me dolió fue el desafecto que suponía el golpe y la injusticia que veía un niño de cuatro años sin reloj y sin escolarizar, que no entendía qué pasaba. Al llegar a casa mi madre abandonó su ira y se dedicó a curarme cuidadosamente: limpieza y desinfección. A los siete años recibí mi primer reloj.

Somiedo. Autora Matilde Huerta
Somiedo. Autora Matilde Huerta

Mi casa estaba en un pueblo sin coches, lleno de artesanos y comerciantes: zapateros, carniceros, barberos, una tienda de telas y ropa, una tiendina de hilos, comestibles, guarnicionero, herreros, carpinteros… Todas esas personas eran amables y consideradas en general. El barbero era el marido de mi tía abuela, en la Plazoleta, ese lugar cuyo nombre oficial era indescifrable en la placa agredida en 1936 que nadie había quitado en treinta años. Al jugar en la Plazoleta, con suelo de cemento y esquinas de piedra, las erosiones en las rodillas eran frecuentes. Mi tía abuela salía corriendo a desinfectar con vinagre ¡Cosa más odiosa, el vinagre! Yo oía cosas terribles en casa sobre la tía, más bien de su vida, que no entendía muy bien, pero que casaban con el permanente sentido de tragedia que traslucían todos sus actos ¡ay Dios! La habían sacado de paseo por el pueblo, de procesión, en camisón con la cabeza rapada y tras haberle dado aceite de ricino, a ella y a otras mujeres sospechosas de haber votado a las izquierdas. Yo no entendía muy bien por qué para conseguir la atención del médico tenía que «ofrecerse» ni sabía lo que significaba, pero algo malo debía ser.

Una persona que siempre quise y quiero aún a sus 97 años es mi abuela. A veces bajaba del pueblo a vernos, a traer algo de la huerta o la matanza, o dinero. Era una persona sabia para mí, siempre positiva con sus nietos, experta en vacas, cultivos, fincas, tienda…Quedó viuda en 1949 y se volvió a casar. No comprendía yo la animadversión de mi madre hacia su padrastro, ni porqué mi madre y su hermana mayor habían huido del pueblo caminando seis kilómetros para ir con su madre en la tienda (en otro pueblo) y no quedarse a solas con su padrastro.

Mi abuela hablaba asturiano y eso era objeto de riña permanente, cosa que yo no entendía, me gustaba su forma de hablar, tan auténtica y antigua, tan adecuada a lo que decía, tan expresiva. A veces subíamos al pueblo a ver a la abuela; mi madre salía a la carretera con los dos críos a esperar un camión del carbón o de la madera que subiese y nos acercase. Siempre te llevaban, eran personas conocidas y amigas. Otra opción era la línea (autobús) de Rengos, alguna vez fui encima del techo, en unos bancos de madera que tenía.

Como lo que me disgustaba y no entendía era superior a lo que me gustaba, dado que no me parecía bien lo que veía, dejé de ver. Mi madre se preocupó y me llevó a un oculista que pasaba consulta en el palacio de Peñalba, sin sacar nada en claro, salvo unas gafas que dejé olvidadas en el cine Trébol ese mismo domingo cuando me llevó mi padre a ver una película. Miguel, el de la farmacia, que era además el maquinista del cine, nos las devolvió. Pero eso no evitó que mi madre reaccionase con violencia, la misma que recibía ella de la sociedad, supongo; ya nunca más volvió a ser nuestra relación cariñosa. Y acababa de empezar la escuela…

Decidieron llevarme a Oviedo, a consultar a los Vega. Podías ir en ALSA o en taxi con Mata, que fue la opción en este caso; mi padre no tenía coche ni moto en aquel momento, que había tenido. La moto la abandonó tras un accidente grave, y el coche, que estaba en la casa de mi abuelo paterno, se lo tiraron al río su hermana y su cuñado, no sabemos si por ignorancia en el arte de la conducción o por otros motivos. Era un Renault Dauphine. Mi madre sabía conducir pero no podía sacar el carnet en aquel entonces, la conducción estaba reservada a los varones.

Los Vega eran unos hermanos oculistas, aficionados a la caza, tenían en el pasillo un archivador monumental con fichas de sus cotos de caza, distribuidos por toda Asturias y toda España. Algunos en mi pueblo. Esa fue la palanca para que nos atendiesen. Mi visión fue empeorando durante los 14 años que me atendieron. Revisión, aumento de la potencia de las gafas, receta del medicamento (vitaminas Axxxxxxxxx) que no servía para nada pero que dejaba comisión, supongo. Iban de atentos y buena gente: para que nos saliese más barata la consulta nunca nos emitían factura y nos ahorrábamos el ITE, que era lo que se pagaba entonces parecido al IVA actual. El impuesto sobre el Tráfico de Empresas creo que era del 3,5 %. Una de las últimas veces que fui la consulta costaba 2.000 pesetas (ya en plena inflación); mi madre se empeñó en pedir la factura y nos cobraron 5.000.

A partir de los 18 años decidí que no volvía al oculista y mi visión dejó de empeorar.

Por eso es necesaria una página como esta.

Autor Enrique Fernández Menéndez

Afiliado de los Verdes de Asturias, trabajó en la Junta General del Principado dentro del grupo parlamentario IU-Los Verdes.

Colaboró en la fundación de EQUO y fue miembro de la mesa de coordinación de EQUO Asturies.

Actualmente es socio y trabajador de la cooperativa de agricultura ecológica Catasol.

http://www.catasol.es/

En este vídeo de menos de 15 minutos, el autor explica los orígenes de EQUO

 

Aquí la segunda parte del artículo:

No me gustaba lo que veía y dejé de ver (II)

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2 thoughts on “No me gustaba lo que veía y dejé de ver (I)


  1. Muchas gracias por contar tus recuerdos de niñez, tan entrañables y en ocasiones brutales, tanto como la época en la que te tocó crecer. Como veo que prometes más entregas, estaré esperándolas con ansiedad.


  2. Es un gran alivio encontrar a alguien que realmente sabe lo que están hablando en blogoesfera . Queda claro, que sabes cómo llevar un tema a la luz y que sea importante. Más personas tiene que leer esto.

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